Calle 1 — 16 septiembre, 2015 at 22:53

Insularidad: de medias maratones y corazones rotos

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Portada Insularidad el viaje interior de un corredor_01A pesar de que esta novela fue finalista del Premio Desnivel de Literatura 2014, no encontrará el lector montañas en sus páginas; aunque sí retos personales que pueden asemejarse a éstas.

“Hubo un tiempo no muy lejano en el que eso de un medio maratón era para ti un sinónimo del Everest. Algo absurdo e inalcanzable, tan desmesuradamente grande que solo pensarlo resultaba inabarcable”.

Valiéndose de la autoficción, Ralph del Valle ha escrito el cuaderno de alguien que empieza a correr para huir de un desengaño amoroso, un hombre que deja su hogar y su trabajo para poner tierra de por medio marchándose a Alemania: a Tegel, donde correr sigue siendo la mejor terapia, el mejor bálsamo para el alma, para volver a sentirse en paz consigo mismo y ordenar sus pensamientos. Es allí, en el frío invierno prusiano, donde empieza a escribir este bloc, como los estudiantes de Bellas Artes que garabatean, esbozan o emborronan sus libretas.

“Yo, que no sé dibujar, solo lleno este cuaderno y huyo de mis cosas. Como huyen los hombres que huimos: en silencio, sin aspavientos, sin tragedias griegas a la hora del té. John Wayne, Centauros del Desierto: nos giramos y nos vamos hasta que nuestra espalda se pierda en el horizonte. Por eso cuando nos cruzamos con otro corredor le miramos brevemente a los ojos. Si huye de lo obvio, el infarto de miocardio, el colesterol, el pantalón de hace dos años que ya no le cabe, si huye de todo eso le miraremos sin interrumpir en absoluto el fluyo ni el ritmo de nuestro movimiento. Pero si le miramos a los ojos y vemos que huye de lo inesperado, del menú y el hotel para uno, de la foto de boda que desde la estantería le recuerda todas y cada una de las veces que ella le propuso hacer cosas que él jamás hizo, hasta que dejó de decírselas y la fotografía se convirtió en madera varada, transformando las palabras en pasado, en sombras que sin piedad se reflejan en cada zancada que él da para negar el hecho irremediable de que ella no volverá jamás; si podemos ver como vemos todo eso porque él también lo ve en nosotros, le saludaremos con una leve inclinación de cabeza al cruzarnos, acaso un parpadeo lento y respetuoso, un casi invisible gesto en el que reconoceremos todo su pasado y el peso granítico que conlleva huir de algo tan grande que acabaría aplastándole de todas formas, al igual que él comprende nuestro presente, donde el vacío resuena como las pisadas de un bisonte que nos cierra el aire sobre el cuello y nos hace pedir una clemencia sorda cada vez que pasamos del kilómetro 10 en nuestra loca y estúpida huida de nosotros mismos hacia ninguna parte”

David Bowie Pedro Delgado
Fotografía Pedro Delgado Fernández.

Es éste un libro lleno de referencias (Kerouac, John Wayne, Larry Bird, David Bowie…), de reflexiones, de pensamientos filosóficos y de preguntas.

“Hoy he tenido que contestarme a mí mismo en voz alta por qué corro. Estaba con I., comiendo una pizza como si no hubiera un mañana, y ha surgido el tema de mi supuesta delgadez, lo cual ha llevado inexorablemente a las preguntas.

-¿Por qué corres?, ¿por qué correr?

Parecen la misma pregunta, pero no, son dos muy distintas y con muy diferentes escalas de dificultad en la respuesta. La segunda es muy sencilla, la jodida es la primera”

También de lugares comunes: el enganche a correr como forma de meditación o liberación; el miedo a la lesión, a esa rodilla que empieza a doler de la noche a la mañana y que amenaza la preparación de la prueba que has marcado con rojo en el calendario; los días en los que no puedes calzarte las zapatillas por un resfriado o porque las inclemencias meteorológicas son excesivas. ¿Y quién no tiene un amigo que se echó a correr con su perro tras un descalabro amoroso?

“Nada más que la niebla de tu vaho y el tintineo del collar del perro que corre a tu lado. Se aburre, tu ritmo humano es apenas un trote para su velocidad, pero ahí está, quebrando contigo el invierno como quebró contigo el verano, cuando eras otro y huías tan fuerte que daba miedo mirarte a los ojos si alguien se cruzaba contigo mientras enfilabas la avenida y sobre vosotros caían el atardecer y las panzas de los aviones comerciales que en un par de minutos tomarían tierra en Tegel”

Es el título, Insularidad: el viaje interior de un corredor (Ediciones Desnivel, 2014), una metáfora del corredor solitario, ese que finalmente descubre que la felicidad reside en el movimiento.
Como en el libro de Murakami, aquí no hay grandes atletas ni grandes marcas, por lo que son los corredores anónimos que engrosan las cifras de participantes los que más identificados se sentirán con su protagonista: alguien que no aspira más que a bajar de 1 hora 50 minutos en su primera media maratón, la de Berlín. Y aunque el personaje nos dedica unas líneas duras, injustas y gratuitas a los que entrenamos duro para disputar las pruebas,

“Siempre habrá deficientes mentales poniéndose objetivos de kilómetros, tiempos, promedios y series; por supuesto. Esa gente es la que llena el mundo de porcentajes y de cuotas, de audiencias medidas en tanto por ciento de share, esa espuma rezumante que mancha el mundo de jerarquías y clasificaciones y vive de espaldas a sí misma, pendientes de generar números que se puedan lanzar, mostrar, publicar; esa gente que no corre para sí misma sino para los demás, que expone su alma abierta de patas en un escaparate indecente; esa escoria es la que te dirá que no hay razones sino objetivos, que no hay tardes en las que todo te dé un poco igual sino metas, y tú tendrás que hacer un esfuerzo para no dejarte absorber por su deleznable prosa y seguir corriendo porque sí, porque no se te ocurre otra forma mejor de conectar contigo mismo en la meditación infinita de los eternos pasos que se suceden rítmicamente y que solo te llevan al punto de partida de nuevo”

el tiempo le hará percibir las cosas de otra manera, pues él también empezará a fijarse en el crono: 1h 38’42” en la Media Maratón de Potsdam, en la antigua RDA.

“Has sobrevivido al mayor sufrimiento que recuerdas corriendo, y te has pulverizado a ti mismo en seis minutos. Qué agonía, te dices, yo que me reía de los imbéciles preocupados de sus marcas y me he convertido en uno de ellos. En alguien que sonríe cuando le dicen que ha quedado en el puesto 288. De 2.400. En alguien que piensa que es un milagro. Tú, que hace un año a duras penas podías completar 7 kilómetros. Tú, que es este tu segundo medio maratón”

Sombras Pedro Delgado
En la carretera, Islandia 2014. Fotografía Pedro Delgado Fernández.

La parte final del libro me reserva una sorpresa, pues el protagonista viaja a Islandia para correr la Midnight Sun Race de Reikiavik, una ciudad y un país que visité en el verano de 2014 y del que guardo muy buenos recuerdos. Como él, también pasé allí el solsticio de verano, aunque yo lo hice con mi hijo mayor, recorriendo durante un mes toda la isla.

Viajábamos a dedo y en autobús, en el sentido de las agujas del reloj, con la mochila a la espalda y los ojos bien abiertos. Allí, en el país de los volcanes, los icebergs y las cascadas, el trasunto de Ralph del Valle comprenderá por fin que correr no tiene por qué ser una huida.

Si quieren acompañarlo en ese descubrimiento, no tienen más que hacerse con este libro, seguro que luego querrán calzarse un par de zapatillas.

Ralph del ValleRalph del Valle (Londres, 1978). Criado en Alicante, vive desde hace nueve años en Berlín. En 2012 ganó el IV Premio de Creación Literaria Bubok con su primera novela Gnadenlos (Sin compasión), y en 2014 fue finalista del XVI Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventuras con Insularidad.

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